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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EL CUENTO. Técnicas de escritura

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Módulo VIII. El personaje
Consigna P5 Escriba una breve historia en la que el protagonista es el personaje de la foto. consigna_P_5_Victoria

 


Palmiro le debía el nombre a una exótica fruta que su madre había degustado, por única vez, mientras lo llevaba en el vientre. Ella no había logrado retener el nombre exacto: palmiro, palmeto, palmito... pero aún así lo había bautizado con una palabra que sonaba similar a aquella delicia que no había logrado olvidar.
Hombre de escasas palabras y profusos pensamientos, hacía años que no cortaba ningún pelo que apareciera en su cabeza. Cabellera, bigote, barba, patillas... todo se desarrollaba sin control. “Crecen por algún motivo que sólo la naturaleza conoce, no voy a oponerme a ella.”, era la respuesta para los que le preguntaban al respecto.
Así fue como Palmiro se había convertido en “el hombre peludo que a nada le teme”, según los niños del pueblo.

Lejos de asustarse ante semejante varón, los pequeños confiaban en sus ojos achinados y en su sonrisa desdentada y solían pasar largas tardes de sol junto a él, comiendo ciruelas calientes y escuchando sus historias.
Y parecía cierto. Palmiro no se amedrentaba ante el sol que curtía su piel ya resquebrajada y morena. Tampoco se amilanaba ante los caminos pedregosos y solía andar descalzo, tanteando las irregularidades de la Madre Tierra con sus pies llenos de callos y durezas. Mucho menos se asustaba si la vegetación de la zona lo amenazaba con espinas punzantes... no vacilaba en meter sus dedos torcidos para buscar frutillas, quinotos o fresas que saciaran su sed en medio del monte.
Sin embargo, Palmiro tenía un miedo: no se animaba a dormir con la luz apagada.
Sabía que los muros de su rancho estaban infestados con vinchucas, esos temibles insectos que habían enfermado a casi toda la comunidad.
El viejo sentía, cada noche, cómo el terror se adueñaba de su persona. Cada vez que el sol se ocultaba, las vinchucas hacían sentir su presencia. Había leído, en alguno de aquellos libros que le había prestado el único doctor del caserío, que esas alimañas sólo salían en la oscuridad. Por ello, día tras día, cumplía con el ritual de llenar su viejo farol con querosene y lo encendía. El chisporroteo que hacía la lámpara no sólo ocultaba el cuchicheo de las sabandijas que confabulaban escondidas entre el adobe y la paja sino que, al silenciarse, en las madrugadas, lo despertaba en forma instantánea. “No hay chisporroteo, se apagó el farol. Una noche más ganada a los bichos.”, reflexionaba y se levantaba para prepararse unos mates.
Cierta mañana, cuando el ruido cesó y Palmiro abrió los ojos, sintió que no estaba solo. Inquieto observó a su alrededor: todo estaba en su lugar. No detectó ninguna presencia más que la de su perro flaco y pulguiento que lo miraba con desgano desde la puerta. Intrigado, se llevó la mano a la barba, en ese gesto tan característico al que suelen recurrir los hombres barbados cuando piensan. Entre la mata de pelos enredados, algo se movía. Con asco, pegó un manotazo para atrapar al intruso y se quedó unos instantes con el puño cerrado, receloso ante lo que fuera a hallar. Despacito, fue despegando los dedos uno a uno y al fin la vio: negra, reluciente, moviendo sus patitas nauseabundas para intentar escapar: una vinchuca.
Palmiro ni siquiera llegó al baño. Vomitó todo su asco y su desesperación a los pies del catre. Y luego, el silencio. Un silencio en el que sólo se escuchó aquel cuchicheo tan familiar, por primera vez a plena luz del día.

 

Copyright©Victoria Nasisi. Noviembre, 2014
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