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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EL CUENTO. Técnicas de escritura

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Módulo VII. El punto de vista o focalización
Consigna F 3 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista del narrador en tercera persona, visión detrás u omnisciente. (Máximo 1 pág.).

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los cabellos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecíamos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas del mundo, mi amiga escribió en el margen: “Las nuestras ya se reunieron”. “Nuestras” en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.
Lo cierto es que Paulina creció. Y su ambición (quizás debería decir sus sueños, pero no puedo ser imparcial en mis apreciaciones… como bien dije cuando empecé a contar esta historia “siempre quise a Paulina” y eso me impide ser indiferente) creció al ritmo de sus pechos y de sus cabellos dorados.

Aquellas tardes de jardines con leones, de coincidencias que nos admiraban, de uvas estremecidas por el sol y de aroma a laurel y rosas llegaron a su fin. Aquella comunión de almas que hacían de mí un jovencito feliz comenzó a dejar de ser “nuestra”. Aquellos libros con historias maravillosas que nos sumergían en mundos irreales seguían siendo relatos de ficción para mí pero comenzaron a ser posibles mundos para mi amiga.
Recuerdo una de las últimas tardes que compartimos bajo la sombra de una higuera arrugada, rodeados de libros y con la panza ahíta de fruta caliente. Paulina estaba casi ausente. Había dejado el ejemplar que estaba leyendo sobre unas rocas que nos servían de improvisada mesa y apoyada sobre mis rodillas, que le servían de respaldo, miraba hacia adelante.
Siempre adelante… siempre hacia el horizonte… siempre inclinándose más allá de su realidad, como si buscara esos mundos que esperaba alcanzar. Mundos que para mí continuaban siendo parte de la imaginación de algún autor insigne y que no me despertaban más que ganas de leerlos, contemplarlos o admirarlos a lo lejos.
Paulina se alejaba. Sus manos de paloma ya no se atrevían a tocarme con la comodidad de la niñez. Sus ojos, cada día más grandes a fuerza de mirar hacia el futuro, ya no reflejaban esa confianza propia de los compañeros sino que dejaban asomar un atisbo de ¿duda?... ¿timidez?... ¿desconfianza?... Su lengua, por lo habitual rápida para expedirse sobre cualquier tema, se sometía a un freno que le impedía lanzarse a las palabras sin pensarlas muy bien antes.
No me gustaba notar estos cambios. La niña- mujer que sofocaba mi soledad y mi vergüenza adolescentes a fuerza de risas y abrazos se despegaba de mi lado. Paulina poco quería saber conmigo, se alejaba tras sus sueños, tras sus ambiciones, tras sus deseos que yo ya no satisfacía. Así que decidí alejarme antes. No estaba dispuesto a ser el abandonado.
Paulina nunca entendió muy bien mi desapego repentino. Pero su orgullo (ese que yo tan bien conocía y en el cual decidí refugiarme) le impidió preguntar. Y se fue del pueblo, sin lágrimas. Con los ojos secos, siempre fijos adelante.
Paulina estaba enamorada de mí. Hoy, cuarenta años después de aquella última tarde, lo supe. Por eso no me miraba, no me tocaba, no me hablaba… Por amor. Y cuarenta años después, acá estoy: escribiendo “Siempre quise a Paulina” y sin saber dónde está.

 

Copyright©Victoria Nasisi. Noviembre, 2014
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