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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EL CUENTO. Técnicas de escritura

Módulo II. Adecuación, Coherencia y Cohesión

Consigna A 6. Escriba un texto en el que estén ausentes los conectores y el mismo con conectores.


TUBO DE COLORES    

Era cuñada de mi abuela, tía de mi madre y una de las personas que más extraño de las que han partido. Se había quedado viuda a los veintitantos, no tenía hijos ni padres. Me enseñó a soñar, a reír a carcajadas, a llorar sin consuelo, a escuchar azorada. Para una niña de entre mis seis y trece años era una fiesta que me invitara a hacer algún programa y luego a dormir a su casa.

Durante estas expediciones con Titina, como la llamábamos todos, yo sentía que salía de la realidad y que entraba en un mundo de fantasías y de sentimientos locos y felices. La vida pasaba a ser un calidoscopio. Los instantes se entrelazaban en diminutos cuadraditos de colores a medida que iba girando. Casablanca, Ben Hur, Algo para recordar, La princesa que quería vivir son algunas de las películas que miraba con ella. Películas para llorar y para morir de amor.  Siempre con el pelo alborotado, pintada como una puerta y de guantes. Su vestuario cosmopolita podía incluir una falda “kilt” escocesa auténtica, una camisa de cuello “mao” comprada en China y un abrigo Loden de Viena con un foulard, como decía ella, de alguna de las más selectas boutiques de París.
Recuerdo innumerables noches, las dos en su cama de dos plazas. Yo acostada y ella sentada a mi lado rodeada de potes de cremas. Tardaba más de una hora en sacarse el maquillaje, hacerse unos masajes faciales y embadurnarse la cara con miles de lociones. Me contaba historias preciosas de sus viajes, de gente y personajes inverosímiles como ella, de lugares que sólo ella conocía.
Siempre era una emoción nueva hacer cualquier cosa con Titina. Caminar de la mano por la calle, sentarnos en un banco de plaza a comer turrón, salir a pasear en taxi por la ciudad…Cuando escuchaba su invitación me dejaba llevar para sumergirme en ese tubo de colores. Los momentos se iban amalgamando mágicamente en una eterna felicidad.

 

 

TUBO DE COLORES

 

Era cuñada de mi abuela, tía de mi madre y una de las personas que más extraño de las que han partido. Se había quedado viuda a los veintitantos y, además, no tenía hijos ni padres. Me enseñó a soñar, a reír a carcajadas, a llorar sin consuelo, a escuchar azorada. Por ello, para una niña de entre mis seis y trece años era una fiesta que me invitara a hacer algún programa y luego a dormir a su casa.
Durante estas expediciones con Titina, como la llamábamos todos, yo sentía que salía de la realidad y que entraba en un mundo de fantasías y de sentimientos locos y felices. La vida pasaba a ser un calidoscopio donde los instantes se entrelazaban en diminutos cuadraditos de colores a medida que iba girando. Casablanca, Ben Hur, Algo para recordar, La princesa que quería vivir son algunas de las películas que miraba con ella, es decir, películas para llorar y para morir de amor.  Siempre con el pelo alborotado, pintada como una puerta y de guantes, además, de su vestuario cosmopolita que podía incluir una falda “kilt” escocesa auténtica, una camisa de cuello “mao” comprada en China y un abrigo Loden de Viena, con un foulard, como decía ella, de alguna de las más selectas boutiques de París.
Recuerdo innumerables noches, las dos en su cama de dos plazas. Mientras yo me  acostada, ella  se sentaba a mi lado rodeada de potes de cremas. Tardaba más de una hora en sacarse el maquillaje, hacerse unos masajes faciales y embadurnarse la cara con miles de lociones. Al mismo tiempo, me contaba historias preciosas de sus viajes, de gente y personajes inverosímiles como ella, de lugares que sólo ella conocía.
Siempre era una emoción nueva hacer cualquier cosa con Titina. Tanto caminar de la mano por la calle como sentarnos en un banco de plaza a comer turrón o salir a pasear en taxi por la ciudad… En definitiva, cuando escuchaba su invitación me dejaba llevar para sumergirme en ese tubo de colores, de manera que los momentos se fueran amalgamando mágicamente en una eterna felicidad.

 

Copyright©Valeria Sáenz. Setiembre 2014
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