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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EL CUENTO. Técnicas de escritura

Módulo VI. La trama
Consigna T 2 Escriba tres textos breves con los temas más abajo transcriptos. Cíñase exclusivamente al conflicto, no aborde otras instancias narrativas (Máximo ½ página cada uno)


1) El personaje y su oposición a la sociedad de su tiempo.
2) El personaje consigo mismo.
3) El personaje contra su entorno familiar.

 

1) El personaje y su oposición a la sociedad de su tiempo.

Cuando Mariquita despertó aquella mañana, recordó lo que se había propuesto hacer la noche anterior. Sin llamar a la vieja Matilde, que la ayudaba a vestirse desde que tenía memoria,   se incorporó presurosa y dejó caer con descuido las mantas sobre el frío piso de porcelana blanca.

Sobre el sillón que hacía las veces de vestidor yacía el ajuar que su doncella había dejado preparado la noche anterior, listo para ser estrenado: un rígido corset que desbordaba de cintas delicadas a la vista pero crueles en su función; un par de medias de seda, calurosas para ese verano que se empecinaba en no terminar pero obligatorias según las reglas del buen vestir; un vestido rosado, de mangas etéreas, falda amplia y escote pronunciado; unos tacones de raso cuyo color hacía juego con el del vestido y una cantidad excesiva de horquillas despiadadas, que se clavarían en su cuero cabelludo hasta lograr que ningún cabello rebelde se salga de su sitio.
“La muñequita perfecta”, pensó Mariquita y resopló con impaciencia. Dejando de lado el ropaje cuidadosamente preparado y a sabiendas de que su decisión sería la causa del horror de Matilde, de su madre y de cualquiera que la viera esa mañana, rebuscó con determinación en las profundidades de su armario.
Sin meditarlo más, se vistió con rapidez, maravillada ante la facilidad y la comodidad que experimentaba. Un pantalón de montar que había secuestrado del cuarto de su hermano menor, unas botas tan planas que le permitían sentir el piso a través del cuero y una camisa de un blanco audaz, que dejaba al descubierto la palidez de la piel de sus brazos que nunca habían sido tocados por el sol. El cabello, eufórico de libertad. Ondulado, desgreñado, mostrando aún los efectos de la almohada.
Salió de su cuarto, sin vacilar. Levantó el mentón, irguió los hombros y bajó las escaleras, satisfecha con el resultado obtenido. Era consciente de lo poco que duraría vestida de semejante manera. Su madre pondría el grito en el cielo y la obligaría a cambiarse. “Pero alguna tiene que empezar”, murmuró, con una sonrisa. Y caminó hacia la cocina, dispuesta a dar la batalla.


2) El personaje consigo mismo.

 

Cristina escuchó en silencio las palabras pausadas y bien pensadas que salían de la boca de su jefe. Su cabeza asentía en forma automática, casi como si fuera un robot. Sus párpados se mantenían bajos, dóciles, mansos. Sólo el rubor de sus mejillas y el fuego que bien sabía salía de sus ojos, y por ello los mantenía ocultos, mostraban la impotencia y el enojo que bullían en su interior.
Se levantó de la silla y le dio la mano con respeto. Sintió la extremidad blandengue de su superior disolverse entre sus dedos decididos y la náusea amenazó con delatarla. Con una sonrisa que parecía haberse congelado en su amplia boca, se marchó.
“No hay aumento. No hay equiparación con tus compañeras. No me importa si hacen el mismo trabajo y ellas cobran el doble. Pensá bien qué es lo que vas a hacer.”, había lanzado el soberbio gerente.
Y allí estaba, entonces, entre la espada y la pared... “O los dejo que sigan con sus avasallamientos cotidianos o me enfrento a ellos. Malditos empresarios, sin sesos ni corazón. Apuestan a mi debilidad...”
Caminó angustiada bajo las palmeras que ornamentaban el patio del edificio donde trabajaba, y sin desearlo encendió un cigarrillo que le ofreció alguien al pasar.
“Tengo un hijo. Una casa que mantener. Responsabilidades. No me queda otra que aflojar.”, lloró su impotencia al viento. “Al carajo con las convicciones. Fin de la dignidad, del orgullo, de la cabeza alta. Todo un discurso armado y repetido hasta el hartazgo para no poder permitirme actuar como quiero. ¡Mierda!”, argumentó mientras se secaba las lágrimas de frustración con la manga de la camisa.
Tiro la colilla y la pisoteó con el tacón de sus zapatos, con tanto encono como si estuviera aplastando la cabeza del funcionario.
Aspiró el aire tibio de la primavera que se aproximaba y agarró el teléfono. “Como los presos: dos llamadas”, pensó. “Al sindicato y a mi abogado. El miedo es una reacción; el coraje, una decisión.”.

 

3) El personaje contra su entorno familiar.

 

¿Cuándo vas a presentar una novia, vos? ¿Para cuándo algún chico con el que quieras casarte? ¿No tenés ganas de formar una familia? ¿Nunca pensaste que ya tenés más de treinta años y el reloj biológico te corre? ¿No querés hijos? ¿Tanto te apasiona tu carrera que postergás todo por dedicarte a eso?
La letanía de preguntas indiscretas repetida hasta el hartazgo. La resonancia de aquellos planteos desatinados le resultaban monótonos, a veces. Otras, le causaban un desasosiego que lo inquietaba.
Esta cena, en particular, le producía urticaria. “Si la angustia se mostrara en mi cuerpo, me estaría rascando desesperado”, pensó. Hacía cinco días que su pareja lo había abandonado. Por otro, claro. Otro que seguramente era más lindo, más inteligente, más divertido, más ardiente... más algo que él no había sabido ser.
Miró a su alrededor, casi con desprecio. Una madre elegante y triste, que se movía en silencio, mientras atendía las necesidades de todos los que la rodeaban. Un padre que sólo daba órdenes bruscas y se ocupaba de tomar vino y comer como un bruto, mientras pensaba como escaparse lo más rápido posible con destino a la casa de su amante. Una hermana recién casada y con el vientre henchido por el crío que crecía en su interior. Una tía que no dejaba de preguntar, inquirir, hurgar en la vida de todos. Y él, el solitario que se negaba a formar una familia a imagen y semejanza de esa parodia que tenía enfrente y con la que había convivido la mayor parte de su vida.
La tía, con su voz chillona continuó con su imperturbable interrogatorio. Su padre, aprobaba con carcajadas estruendosas cada ocurrencia de la vieja. Marcos sintió que su cabeza iba a explotar. Sin poder contenerse, arrojó la servilleta sobre el plato vacío y casi gritó: “A ver si lo entienden... no voy a casarme, no voy a tener hijos, no voy a formar una familia... Soy puto. Me gustan los hombres y mi último novio me dejó hace unos días. Y lloro por su abandono. Porque soy puto y los putos lloramos.”.

 

Copyright©Victoria Nasisi. Setiembre 2014
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