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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El club de la familia

En tiempos violentos y apresurados como los que corren, llegar al Club de Pescadores de este pueblito perdido de la pampa húmeda se me antojó la entrada a un oasis donde priman el ambiente familiar y el “no apuro”.
Pensado a la vera del río oscuro que corre, tranquilo y susurrante, formando codos y recodos, el color que predomina es el verde. Verde de todas las tonalidades existentes y que adopta formas infinitas: tierno césped sólo interrumpido por ocasionales hormigueros, arbustos de nombres desconocidos, plantas que estiran sus hojas hacia el sol y deleitan con sus maravillosas flores y árboles… muchos árboles. Palos borrachos con sus panzas gordas y satisfechas, sauces llorones que inclinan su tristeza hacia el agua turbia, altos pinos que compiten entre sí para ver cuál será el elegido a la hora de armar el árbol navideño, tilos aromáticos que embotan los sentidos e incitan a la siesta.

Camino un poco por el extensísimo parque y pronto redescubro los tres lugares que mayor atención reciben: la pileta, las parrillas y el puente. La reunión familiar y las tradiciones parecen mandar por aquí, hasta se observa un dejo de virtuosismo, un tanto exagerado, como si se quisiera demostrar que la familia perfecta existe y que éste es su lugar.
La pileta del club concentra, por supuesto, a niños y adolescentes. La parte playa de la misma está repleta de pequeños que chapotean y se entretienen con sus salvavidas, baldes, patitos y tiburones de plástico. A su lado, atentas a sus órdenes y deseos, las madres.
Algunas charlan entre sí, intercambiando recetas maternas sobre protectores solares, clases de natación, pociones mágicas contra los mocos: la cofradía de las madres con sus códigos y secretos que las hermanan. Otras se mantienen apartadas e intentan divertir a sus hijos más antisociales o menos independientes, algunas parecen realmente entusiasmadas, pero la mayoría denota cansancio o aburrimiento. Casi todas elevan cada tanto la cara hacia el sol y corren los breteles de sus trajes de baño para lograr recuperar algo de la lozanía y la coquetería pre parto, pre hijo, pre maternidad.
En el costado más profundo de la pileta, los adolescentes disfrutan y se pavonean entre ellos. Los varones salpican a las chicas y muestran su hombría empujándose entre ellos o lanzándose desde el trampolín más alto. Las chicas lanzan risitas coquetas, se arreglan el cabello y chillan, horrorizadas y encantadas a la vez, al ser mojadas por los muchachos.
Las distintas escenas que transcurren ante mis ojos me dejan perplejo. Es un lugar sin fallas humanas, parece. No se escuchan discusiones, no se ven jóvenes borrachos, ni chicas demasiado provocativas. “¿Y la vida real?”, me pregunto.
Sigo avanzando y el olor que surge de la zona de las parrillas me atrae. Desde lejos se olfatea sólo humo. Humo gris que pretende alcanzar el cielo para teñir su azul transparente y que proviene de leña, carbón, papel viejo y ramitas secas de los árboles más cercanos. Me acerco y todo cambia: el colorido espectáculo que se extiende sobre las parrillas estalla ante mi mirada: morados chorizos, negras morcillas, sangrante carne, pálidas presas de pollo, morrones rojizos rellenos con huevo, calabazas de un naranja violento, doradas provoletas. Y el aroma… me transporta a la casa de mi abuelo, a mi niñez, a una época de asados de domingo al mediodía y reuniones familiares.
En esta zona se respira, a mi entender, el espíritu machista de esta minúscula sociedad: sólo hombres son los que se encargan del asado. Unos prenden el fuego, otros descorchan alguna botella de vino, otros intentan encontrar el dial de la radio donde transmitan el partido o la carrera que los apasiona. Sólo reclaman la presencia de las mujeres para que preparen la mesa, laven los tomates o preparen la ensalada. Al verme deambular solo, me invitan a unirme al grupo, casi a desgano pero incapaces de dejar de cumplir con las normas del buen ciudadano. Declino con amabilidad. No encajo en estas reuniones familiares, con roles tan definidos. Mi vida en la gran ciudad me ha tornado más ambiguo y acepto que las mujeres trabajen como hombre y que los hombres críen hijos como mujeres. En este ámbito, el raro soy yo, lo sé. Me siento incómodo ante lo que durante muchos años fue mi vida pero ya no comparto, quizás es tristeza por no lograr reinsertarme en ella, ni siquiera por un domingo.
Me mojo un poco la cabeza bajo el chorro de una canilla y recorro el último trayecto de nostalgia, hacia el viejo puente de madera. Sentados, con las piernas colgando hacia el agua, sosteniendo la caña entre dedos nudosos y la vista perdida en el horizonte, muchos pero muchos abuelos. Algunos fumando pipas que expelen olor a tabaco o chocolate, otros con el diario dominical a mano, algunos con sombreros que protegen sus peladas, otros con el pelo prolijamente engominado. Todos, con sus tarritos de duraznos transformados en mini terrarios donde llevan lombrices para usar de carnada, una o dos cañas de pescar y los ojos empañados de soledad. Pareciera no haber lugar para ellos ni entre los chicos y mamás de la pileta ni entre los machos jóvenes del asado. “Es el geriátrico del club”, pienso mientras los observo.
Volver al club después de tantos años no ha sido una buena decisión, me ha causado una terrible tristeza. Su belleza persiste; la paz que infunde su paisaje, también. Pero ya no pertenezco ni a este lugar ni a sus costumbres. Me subo al auto y me alejo sin mirar hacia atrás. No creo que pueda volver.

Victoria Nasisi


Copyright Victoria Nasisi. Noviembre 2012.