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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

El asado

Hoy el abuelo retó a mamá, fue muy gracioso, como si fuera una nena. Me parece que está enojado por algo relacionado con la biblioteca, debe ser por la cantidad de libros que tiene desparramados por toda la casa y por el desorden que hay siempre en ese mueble… tiene razón, ella hace lo mismo conmigo cuando yo descuido mis juguetes.
Igual creo que alguien le fue con el cuento porque siempre tuvo todos los libros y los papeles patas para arriba y el abuelo nunca antes se había enojado tanto. Me parece que tuvo algo que ver el señor policía que vino ayer de visita. Bah, de visita… vino a regalarle a mami una torta para agradecerle que ella aprobó a su hija en el examen final de literatura. Pero yo lo escuché: “tenga cuidado señora, algunos autores pueden ser peligrosos por estos días, se lo digo porque le tengo aprecio”. Mamá ni se mosqueó, fue toda sonrisas y amabilidad, como siempre es con la gente que viene a visitarla.

Pero hoy, el ambiente cambió. El abuelo vino de sorpresa a jugar con nosotros y mientras ella le cebaba unos mates, la miró y le habló bastante serio. Le nombraba todo el tiempo a Elsa, la directora de mi escuela, esa que siempre andaba de acá para allá organizando actos y cantando la marchita peronista y que ahora que lo pienso, hace mucho que no la veo. Se debe haber ido a vivir a otra ciudad porque hace unos lunes atrás presentaron a la nueva directora, una vieja gorda y con bigote. Con mis compañeros, cuando la miramos nos reímos mucho pero cuando la escuchamos hablar, nos da un poco de miedo. Es muy mandona y siempre está controlando que tengamos el pelo atado, el guardapolvo limpio y que no gritemos ni corramos demasiado en los recreos. Elsa era más divertida, siempre contaba historias alegres, nos llevaba caramelos y nos enseñaba canciones revolucionarias… con la nueva no se puede cantar otra cosa que el Himno, re aburrido.
Nunca la había visto a mamá llorar. Pero el abuelo no deja de hablarle y le señala: “este, este, este otro… son peligrosos, querida, te los tenés que sacar de encima”. Papá está de acuerdo con el abuelo y mami termina muy enojada, los trata de miedosos y de milicos. No sé a qué se referirá con esta última palabra pero suena bastante fea. No me animo a preguntar, todos están con mala cara.
Finalmente les dio la razón. Estuvo como tres horas arriba de un banquito, bajando libros polvorientos y con hojas amarillas. Los tocó, los hojeó, a algunos los apretó contra su pecho. Y los fue metiendo en unas cajas que el abuelo fue a buscar al supermercado.
“Ahí tienen, hagan lo que quieran. Yo no quiero ver semejante herejía”, les dijo llorisqueando. Y se fue a dar una ducha, algo raro a las tres de la tarde. Para mí que se fue a encerrar en el baño a llorar sola. ¡Tanto lío por unos libros! Mañana puede ir a comprarse otros más nuevitos…
Papá y el abuelo se encargaron de todo. Fueron al fondo, buscaron leña y carbón y me puse contenta: esta noche hay asado en familia. Ojalá a mami se le pase el enojo, vamos a poder disfrutar una linda cena.
Cuando el fuego prendió, vi con asombro que lo avivaban tirando en medio de las llamas, de a uno, todos los libros de mamá. Ardieron Rodolfo Walsh, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Paulo Freire… fui leyendo los nombres uno a uno. Y armé un berrinche cuando le tocó a dos míos: el del elefante que ocupa mucho espacio y el del principito. Para que me calme, papá me llevó a comprar un helado y me dijo que de esto que había pasado en casa, no podía decir ni una palabra a nadie, que era un secreto de la familia. “Es peligroso”, volví a escuchar, siempre la misma palabra. No sé si lo peligroso es quemar los libros o que los otros se enteren. Por las dudas, le voy a hacer caso.

Victoria Nasisi


Copyright Victoria Nasisi. Setiembre 2012