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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Doce pisos

Interrogao el cadaver por tercera vez y no

habiendo el infrascripto obtenido respuesta

categorica alguna resuelve darle sepultura

en el campo de los desaparecidos conforme

cuadra su circunstancia física de que certifico.

Acta de defunción
Municipalidad de La Matanza
Libro nº  2 – F 98 año 1881


Hoy, a mi caminata diaria de media hora, decidí introducirle algunos cambios, y en vez de girar a la izquierda en la esquina de la casa rosada, crucé decidida la acera y giré hacia la derecha. No había nadie en la calle. Un poco fresca la tarde, pero bella y soleada.
Ni bien terminé de acomodar mis auriculares y nivelar el volumen exacto de la música del celular, creí escuchar un tremendo estruendo a mis espaldas que para nada podía provenir de la música elegida. Instantáneamente me di vuelta y quité los auriculares de un tirón.
En la vereda de enfrente, como un par de casas para atrás, podía verse lo que parecía una persona, un hombre en el piso, con la cabeza y los brazos como cubiertos o metidos en un pulóver o saco azul. No podía distinguir ni terminar de comprender la situación. Estuve un tiempo, no podría precisar cuanto, detenida, aturdida, tratando de decidir si me acercaba o me iba. Le ganó la curiosidad al espanto. Apagué la música del celular y me acerqué corriendo, a la vez que lo hacían algunos vecinos seguramente atraídos por el ruido.
Espanto. Eso es lo que nos sumió a todos.

 

 

Un pobre hombre, sin rostro, yacía destartalado. Un suéter azul de lana le cubría la cabeza y parte del brazo derecho. Un charco de sangre comenzaba a fluir hacia la zanja.
Alcé mi cabeza, instintivamente, como para tratar de comprender su aparición y el ruido que escuché.  Se veía, en la parte superior del edificio, parte de una baranda de un alto balcón desprendida, como colgando.
– ¡Ay Diosh mío! ¡Ay Diosh mío! ¡¿Pero qué ha pasao?! –salía una señora mayor, lo más rápido que podía, arrastrando los pies, por el pasillo de la casa, restregándose las manos en su delantal–¡Llamen a la polezía!
–A la ambulancia. Recién llamé al 911 y ya está en camino una ambulancia y un patrullero– acotó un joven que muy atinadamente diligenció la llamada –Pobre hombre ¿sabe Ud. quién es? –comentó mientras le quita a el sueter del rostro.
–Mi vezino, el del doze. ¡Pero coño! ¿cómo es que ha dao acá? ¿Se ha tirao?
– ¡Yo vi que se cayó! –acotó una niña de no más de 10 años, que sostenía su bici entre las piernas, desde la vereda contigua, como no animándose a adelantarse más.
– ¡Santo Diosh, niña, vete de aquí, no mires! ¡Quiten a la niña! ¡Que no mire la niña!
Me acerqué a ella y le hice señas para que se alejara. No vi ningún mayor con ella.
Ya podían oirse las sirenas, y seguramente en unos instantes estarían aquí.
–¡No respira!¡No respira!
–Permiso señora, voy a intentar resucitarlo. ¡Permiso por favor! –gritó el joven.
–Peru hombre, eshte ya no cuenta el cuento… pobre don Evaristo… venga ca’uno a lo suyo ya. Pobre hombre.
–La seño nos dijo que si le apretamos acá y contamos uno, dos, tres y lo hacemos fuerte, fuerte, los señores se ponen bien y respiran y tosen un poco. Yo no tengo miedo, nada de nada, mi papá es médico y siempre voy con él al hospital donde se muere la gente.
–¡Hay Jesú, María y José! ¡Que me da el soponcio! ¡Pero niña vete ya de acá!
–¡Excelente! Entonces, podés ayudarme. Dale, contá conmigo mientras presionamos fuerte: uno, dos, tres…
–Eh’capo, no te jugué… ya está la yuta y vienen con la torda. Pero éste ya’sun fiambre. No lo toqué, haceme caso, a los ratis no les gusta que le manoseen la comida, je je je –comentó un muchacho, de gorrita tejida en la cabeza, que como tantos ya, formaba parte del círculo que se nos había formado alrededor.
Con estruendosas sirenas se detuvo una ambulancia y de contramano un patrullero que cruzó el vehículo impidiendo así el paso al resto de los autos.
Mientras una médica y varios enfermeros intentaban maniobras de resucitación, un oficial de policía se nos acercó.
–Buenas tardes. ¿Qué pasó?
–Ay ofezial, una calamidá, pobre hombre. ¡Una calamidá! No sé como ha dao al piso este seor… ¡que se ha caído de allá, vea, del doze!
– ¿Es Ud. vecina del occiso?
–Sí, hombre, Rosa Josefa de Alvarez, pa’servirle, esposa de Pedro, el encargao de acá. Vea, hay, pobre hombre, yo mesma le yevé el diario esta mañaa, solo, pobre, solito estaba. Eya se fue, ya ni me acuerdo cuando, el mes pasao, creo, y solito está pobre.
– ¿Ud. vió el accidente?
– ¡Qué asidente ni qué ocho cuartos! ¡No le digo que se cayó! Debe haberse estado floja la baranda, siempre me dieron miedo las barandas. ¡Que caso este! Pedro les tiene dicho mil veces que no se apoyen en las barandas… ¡pero, pobre hombre!
–Mi seño siempre nos dice que no estemos en los balcones solitos. Yo no les tengo miedo.
– ¿Vos sos del edificio querida?
–No, señor, soy de la vuelta. Yo vi cuando el señor se caía, y se quería sacar el polover de la cara. No me da miedo. Ya soy grande y mi papá es médico y siempre veo las personas muertas en el hospital.
– ¿Cómo te llamás?
–Andrea Jesica Ramos, mi papá es doctor, Héctor Ramos se llama. Vivimos acá a la vuelta.
–Si alguien conoce el domicilio de la niña, por favor que busquen a sus padres. Necesitaré tomarle declaración.
–Vos –dijo dirigiéndose al de la gorrita– ¿viste lo ocurrido?
–Eh, buenas oficial, ¿oficial le tengo que decir?, mire, no quiero royo con la yuta, bastante ya pasé atroden como pandar alardeando mis conocimientos je, je, je. Este gil se cayó, la piba lo vió y nada más que agregar. No se enoje amigo, pero la tengo re clara.
–Agente –se acerca la médica agitada por las maniobras realizadas, separando al oficial de nosotros, aunque se podían escuchar perfectamente sus dichos– accione el procedimiento. El occiso tiene múltiples traumatismos en cráneo, miembros superiores, columna y pierna izquierda.
–Dotora, descupe ushté, no va’creer, de metida yo, pero ¿le vió bien la mano esa?... eh… la izquierda ¿no? ¡Esa no es la mano de un humano! ¡Son garras! ¡Hay santo Diosh, garras, tiene garras! Yo no lo quiero tocar, vea, pero diga ushté si le miento. ¿Ve?
–Querida, quédese tranquila. No se lo tome así. Este pobre hombre ha sufrido  traumatismos varios debido al terrible impacto de su caída. Eso puede provocar edemas internos que deforman sus partes y, como en este caso, pueden cambiar la habitual fisonomía de alguna de sus extremidades.
–No me venga ushté con palabras que no entiendo. Ya me calmo, ya me calmo.
–¿Su marido? ¿Está su marido en casa?
–No, mijita, el Pedro ha ido a ver a su mama, questá viejita la pobre, y vive con el otro hijo, y la esposa de él.
–¿Cómo, la esposa del señor Pedro, no es Ud.?
–Puez claro, hombre, no me mire ushté de esa manera. La esposa de Pedro soy yo. ¡Que llevo zincuenta añus de casaa en santo sacramento! Me refería a la esposa del hermano de él, que vendría a ser la nuera de la vieja. ¡Pero no me haga hacer más lío dotora, por favor!
–Bien, querida, siéntese y quédese quietita –decía mientras le acercaban una silla los vecinos– que le vamos a tomar la presión. Es solo un acto de rutina. No se me ponga nerviosa.
–Buenas tardes oficial, soy el padre de Andrea, doctor Hector Ramos.
–Ah caballero, necesitaré tomarle declaración a la niña, porque al parecer es la única persona que presenció el accidente. Como es menor…
–Por supuesto, puede contar con nuestra entera disposición. Andrea no va a tener ningún inconveniente en declarar y contar todo lo que ha visto. Es una chica bastante preparada por la edad que tiene. Es que le encanta acompañarme en mi trabajo, y ha visto ya un poco de todo. ¿Quiere hacerle alguna pregunta ahora?
–Si a Ud. no le molesta, me gustaría aclarar algunos puntos.
–Proceda entonces.
–Querida, ¿dónde estabas vos en el momento de la caída del señor?
–Ahí, pasaba por ahí con la bici.
– ¿Y qué fue lo que viste?
–Que se caía el señor, que se quería sacar el pulover, y pum, llegó al piso antes de sacárselo.
– ¿Alguien más lo vió? ¿Viste si alguien más estaba mirando?
–Si, la chica –señalándome– creo.
–¿Usted? –mirándome.
–Bueno, no va a creer, pero realmente no lo vi. Ya había pasado, de la vereda de enfrente, cuando sentí el tremendo impacto en el piso.
Muy pensativo y lamentándose no tener más testigos a disposición, el oficial se dirigió al patrullero, guardando su libreta de notas en el bolsillo de su chaqueta.
– ¿Podemos retirarnos agente? –consultó el Dr. Ramos.
–Si, déjele sus datos al oficial del patrullero antes, por favor. Seguramente lo estaremos citando en estos días.
–¡Pedro! ¡Pedro! ¡Ahí viene mi Pedro!
–Bueno, qué suerte, ya llega su marido, qué bueno, pero estése tranquila y quieta que tiene algo de presión. ¿Toma alguna medicación?
–Pedro, ¡ven pa’cá hombre, que’l Evaristo se cayó del doze y parece que está muerto!
–Rosa, ¡¿qué es lo que ha pasao?!
–Buenas tardes señor, oficial Cardozo, a cargo de este procedimiento. Verá, su señora está algo perturbada por el accidente ocurrido hace unos minutos. Por el momento solo sabemos que este señor, ha caído desde el piso doce. Aún desconocemos los pormenores del caso.
Ella se encuentra bien, con algo de presión. La doctora le dará algunas indicaciones.
–Vamo mujé, ven pa’dentro, que la polezía y los dotores hagan su trabajo. Dotora, ¿me la puedo llevar?
Con el asentimiento de la médica y la ayuda de un par de vecinos, Pedro y Rosa finalmente se entraron en su departamento.
“¿No viste que tiene como garras en la mano izquierda?”  Pude escuchar al pasar.
Ya casi no quedaba nadie, a excepción del pobre hombre, los médicos que llenaban y llenaban extensos formularios y la policía que seguía contactando a otros por radio.
Me detuve en los dichos de Rosa y pude ver la mano izquierda. Y si, algo raro tenía, el color de la piel era más oscura que la de la cara, y la uñas, medio largas, afiladas, algo curvadas y ennegrecidas, daban un toque algo tétrico, como de garras.
Pobre hombre, morirse así, de esa manera.
Comenzaba a refrescar y la verdad es que nada podía yo aportar.
Y bue, si el muerto no declara…


Laura