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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE CARA AL TECHO

Corrieron a ver qué pasaba cuando escucharon el golpe tan fuerte. Lo encontraron sentado en su sillón “de lectura” –como él lo llamaba– colgando su cuerpo por sobre el apoyabrazos de su lado izquierdo. “Rayuela” de Julio Cortázar tirado en el piso.
El libro se le había escurrido de la mano y cayó como plomo al suelo. Primero fue una especie de mareo con una sensación de náuseas. Luego sintió un hormigueo en un brazo, en el otro, en las piernas hasta tomar todo el cuerpo. Después llegaron unos pinchazos y puntadas principalmente en la cabeza, y, finalmente, como una descarga eléctrica que lo petrificó... una explosión y la blancura.

Un rodar frenético, sin sentido, sin freno, de movimientos bruscos, vueltas y más vueltas y se va… Voces, llantos, gemidos, susurros, gritos y se va… ecos de otras voces, de otros llantos… palabras que no sabe, que no entiende y se va. Sonidos que lo aturden, sonidos que no oye…olores  tóxicos donde todo huele a limpio y se va. Tiempo eterno que no dura nada y se va. Retoma el hilo de la vida… y se va.
Comienza su agonía eterna, sin dolor, sin cuerpo, sin mente… Su vida queda encallada en la muerte, sin esperanza, sin futuro, sin fe. Su respiración débil, sin ritmo, interminable. Su piel no siente, está fría, manchada. La muerte acecha, la vida acecha y el infinito se choca con el techo.
Mira sin ver porque siempre ve lo mismo. Un plano rígido, siempre igual, siempre blanco, siempre liso, siempre limpio… A veces dibuja alquimias… círculos y, entonces, comienza a girar y se cansa y no quiere más…. Imagina gotas blancas que cuelgan… se estiran, se alargan cada vez más… finalmente se desprenden, caen pero no lo tocan. Infinidad de historias raras, tontas, inútiles circulan por esta superficie sin desniveles ni ondulaciones, sin huecos ni agujeros que es su único horizonte.
Alguien lo toma del brazo y lo empuja y él va, escala, se eleva y sube… Flota. Todo se ilumina y es la blancura… Pero se frena... Todavía, no. Oye una voz cálida que lo nombra, lo llama, lo trae y se queda. Lo mueven, lo acomodan, lo limpian, lo alimentan… lo acarician. No hace frío, no hace calor. Parpadea y entre las pestañas vislumbra el techo.
Duerme sin querer y sueña sin saber… Vuelve al jardín que lo hizo niño, y sus dedos se deslizan por los libros de su biblioteca que lo hicieron joven, y su mano se posa en las cabecitas de las niñas que lo hicieron padre… y su boca besa los labios de la mujer que lo hizo hombre. Los ojos, por fin se despegan y aparece su firmamento níveo.
–¡Déjenme pasar!... quiero irme… ¡por favor!, el techo me va a aplastar y yo no puedo moverme –se desespera–. Mis hijas, mi mujer, mis nietos todos sufren… ¡ya está!... ¿Qué más quieren?... ¿No ven que no puedo hacer nada? Soy un alma quieta en un cuerpo muerto… ¡Por favor! –suplica, ruega, implora.  Las lágrimas mojan su rostro, pero él no llora.
Quiere hablar y no puede, quiere decir y no puede, quiere pensar y no puede, quiere sentir y no puede, quiere oler y no puede, quiere estar y no puede, quiere irse y no puede, quiere ser y no puede, quiere tocar y no puede, quiere vivir y no puede, quiere morir y no puede,…quiere y no puede… Yace de cara al techo, es lo que puede.

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014
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