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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Crimen en Quilmes

Esa mañana me levanté temprano y me puse la ropa que la noche anterior había dejado preparada sobre la cama. No fue fácil la elección. Un jean azul no muy ajustado y una remera negra de cuello básico; busqué algo sencillo y discreto, la ocasión lo ameritaba. Estaba nerviosa, no era para menos, todavía tenía la venda que me habían puesto en el hospital antes de darme el alta. Solamente habían pasado diez días de la tragedia y me esperaban  en el juzgado para tomarme la declaración. Tomé un taxi, no quería llegar tarde, quería que todo terminara pronto, lo más pronto posible. Quería salir del infierno en el que estaba atrapada.
Me senté en la silla de madera lustrada, fría y dura como toda la habitación donde la fiscal y su asistente esperaban escuchar mi testimonio. Sin mediar ninguna palabra alguna, más allá del “buen día” que nos dijimos, comencé a hablar, casi a borbotones, sin pensar, sin dejar que ninguna pregunta interrumpiera el terrible relato de los hechos ocurridos en  aquella mañana nefasta.

 

 

“Recorría hace años, calculo que tres, el mismo trayecto desde la fábrica hasta mi casa. Al principio  era como un desafío, una traición hacia los suyos, y a mí me hacía sentir culpable, nunca había tenido una relación con un tipo casado, pero después nos fuimos acostumbrando.
Su familia pensaba que él hacía horas extras o que cubría el turno de un compañero. Siempre le creyeron, sobre todo su mujer, a la que empezó a mentirle cuando por casualidad nos conocimos, según él yo le había cambiado la vida.
El trabajaba en la fábrica que está en la misma cuadra del kiosco que atiendo desde hace cinco años. Nunca lo había visto, después me contó que el día que nos conocimos estaba cumpliendo el turno de un compañero que se había lastimado con una máquina, porque él hacía diez años que trabajaba en mantenimiento en el turno noche. Por eso nunca lo había visto, (era normal que los obreros compraran en el kiosco antes o después de salir de la fábrica). Siempre había alguno que se quería hacer el vivo y me decía algún piropo trillado o me invitaba a salir, pero jamás acepté ninguna oferta. Estaba sola hace algunos años, pero no tenía ganas de empezar nada nuevo. Pero con él fue distinto. Ese día empezamos a charlar de cosas banales y  cuándo salió volvió,  vino a saludarme y a comprar caramelos. Por unos días no lo vi, hasta que de pronto empezó a venir diariamente, compraba cigarrillos, caramelos de menta y de vez en cuando un chocolate.
Un día empezó a hablarme de su familia, me contó que había decidido cambiar los turnos porque como le había dicho a su mujer “la gringa”, (así la llamaba él), estaba cansado de trabajar de noche y el horario de trece a veinte era “un lindo horario”, y ella había asentido complaciente, como siempre.
Las charlas cada vez se hacían más largas, me daba cuenta que él llegaba antes de su horario de trabajo para venir a charlar conmigo, y la verdad es que eso me gustaba,  lo que pasaba cada vez era más fuerte. Un día me decidí, lo esperé a la salida y lo invité a venir a mi casa, caminamos sin decir palabra, todo parecía natural, inevitable.
Desde ahí nunca más nos volvimos a separar, me contó de los suyos, de “la gringa” que era muy pasiva, que parecía no tener ideas propias, ni ambiciones, ni inquietudes. De sus hijos mucho no hablaba, el más grande de: “la gringa” veinte, callado, introvertido muy parecido a su mamá y el más chico de dieciséis que estaba en la suya, estudiaba, siempre decía: “buenos pibes los dos”.
Se sentía cada día más lejos de los suyos, (hasta me había llegado a contar que le parecía que el más grande sabía de lo nuestro, yo le decía que se quedara tranquilo que si supiera ya lo hubiera encarado para pedirle explicaciones, ya casi tenía veintitrés años, era todo un hombre).
El último tiempo se lo veía agobiado, cansado de mentir y ocultar nuestra relación, pero yo no le decía nada, no quería presionarlo, sentía que cualquier decisión que tomara debía tomarla él. Estaba dispuesta a esperar, lo amaba demasiado para obligarlo a algo.
Hasta que un día todo estalló, llegó a su casa  y encontró  a “la gringa” con los ojos rojos de tanto llanto y al pibe, el más grande, que lo esperaba furioso y desafiante. Más alto que él, sintió  que iba a molerlo a golpes (y faltó poco para que lo hiciera). Entre gritos y llantos llegaron los reclamos, y el engaño dejó las sombras de la clandestinidad, no tuvo muchas chances para explicar lo inexplicable, y se fue casi corriendo, huyendo,  echado a patadas por su hijo. Me llamó llorando, lleno de culpa y remordimiento, pero no por lo nuestro, sino por no haber hablado a tiempo, él me amaba y yo también.
Cuando llegó, lo abracé fuerte y lloró como un chico, esperé que se calmara, lo acompañé a la cama y se durmió. Sentí al mirarlo que todo estaba por empezar, que habría tiempo para recomponer la relación con sus hijos y pedir perdón por el engaño, sólo había que esperar.
Algunos días después pudo sacar las cosas de la casa, (su mujer le había preparado prolijamente su ropa en una vieja valija, casi no hablaron, no hubo reclamos, todo parecía estar bien). Sus hijos no estaban, “mejor, no hubiera podido mirarlos a la cara”, me dijo.
Se instaló en mi casa, era chiquita pero para los dos alcanzaba, le hice un lugar en mí placard y como pude le acomodé la ropa. (Empezábamos  una nueva vida, íbamos a intentarlo). Sé que él había arriesgado todo y había perdido a su familia, tenía que hacerlo feliz, quería que fuéramos felices.
Había pasado un año desde que se mudó a mi casa, estábamos bien, con su mujer mucho no hablaba, le pasaba unos pesos, no muchos porque los chicos ya trabajaban y ella se había conseguido un empleo de medio tiempo en un negocio de ropa. A los chicos los había visto pocas veces, todavía no lo podían perdonar, el más resentido era el más grande, ella le decía  “ya se les iba a pasar, que el tiempo lo cura todo”, por eso no puedo creer lo que pasó, todo estaba bien”.

 

 

Empecé a llorar en silencio. Me miraban. Nadie decía nada alguien me alcanzó un vaso de agua, lo tomé y continué con el relato, ahora un poco más calmada, las dos sabían lo que seguía, había salido en todos los diarios. Lo que había contado hasta ahora, era lo que quería que supieran, sentía que con eso podían entender un poco más, pero parecía aburrirlas con mi historia.

 

 

“Era domingo, y estábamos los dos acostados todavía. De pronto sentimos un ruido de la puerta, algo violento, intenté levantarme y de pronto estaba parado frente a la cama, tenía un revolver en la mano derecha, y sin mediar palabra disparó. Primero contra él, después sentí un ruido espantoso y todo se oscureció. Les juró que no sabía que era su hijo, no lo conocía. Recién cuando me desperté en el hospital, después de haber estado tres días inconsciente, me enteré de todo”.

 

 

Me levanto de la silla, me informan que tengo que testificar en el juicio, le doy la mano a la fiscal y me voy. Espero no llorar cuando testifique.
Como hoy, sé que todos me van a mirar acusándome, (salir con un hombre casado, destruir una familia, no está bien visto, van a verme como la desencadenante de la tragedia). Pero yo no lo maté, fue su hijo. No nos dejó empezar de nuevo, todo eso quise decirles pero solamente pude hilvanar una frase estúpida, como si eso me hiciera sentir y ver menos culpable y les dije: “yo nunca había tenido nada con un tipo casado, fue la primera vez y les puedo asegurar que la última”.

 

 

Cuando camino hacia la parada del colectivo, pienso en lo vivido y todavía no reacciono. Me siento en el banco de una plaza, no puedo dejar de pensar en él. Está muerto y yo me salvé de milagro. La bala me rozó la cabeza, a él no, el balazo le entró por la frente y murió inmediatamente.

Descubrieron que era su hijo porque en el velorio alguien notó que murmuraba insultos al lado del cajón. Y que puso una carta adentro antes de que lo cerraran. Un juez hizo exhumar el cadáver y al leer la carta descubrieron que él lo había matado por venganza, por el dolor de haberlos dejado.
Subo al colectivo, miro el sol y agradezco estar viva, quisiera poder pedir perdón a su familia, pero no puedo, yo lo amaba y él a mí, así voy a comenzar mi declaración, quizás logre no sentirme tan culpable.

EMMA