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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Anónimo

He visto a la mujer del vestido rojo y al hombre que estaba con ella, la tarde de los hechos.

Algo me decía que las cosas no estaban del todo bien cuando entré en ese bar.

El señor que estaba en la mesa contigua leía un diario y cuando pasé por al lado lo tiró al suelo para interrumpirme el paso, no sé bien porqué. Me agaché a la misma vez que él y lo ayudé con el desparramo de hojas. Él me miraba. Eso llamó la atención de la mujer y su acompañante.


Por un segundo me detuve a observarlos a los tres. El dueño del diario lo abrió nuevamente y se puso a leer como ignorando nuestra presencia, mientras marcaba con su dedo una frase. Creo que era el título de una de las notas. La mujer le dijo algo a su compañero que no pude comprender y este le respondió con una frase que tampoco puedo recordar ahora. Seguí mi camino hasta la barra y pude oír claramente que ella se levantaba y gritó: “SÍ”, y al volverme vi que salía apresurada por la puerta de la calle Viamonte y cruzó casi corriendo para no mojarse. Lloviznaba nuevamente.


En ese momento, se escucha el estruendo y todo el mundo se asoma por las ventanas y las puertas para ver qué había pasado. Al mirar a la mesa de la señora ya no veo a su acompañante, pero sí al señor del diario: estaba blanco como un papel y sudando terriblemente. Me miraba fijo, con una mirada inerte, y su dedo seguía señalando el mismo titular del diario. Intento acercarme, en mi apuro me llevo por delante a un mozo que también salía movido por la curiosidad. Se cae. Me disculpo y lo ayudo a levantarse. Había volcado una silla y desplazado dos mesas en la caída. Por suerte, no se había hecho nada. Cuando miro nuevamente, ya no estaba ni el señor del diario, ni el diario.


Corrí hacia la calle pero ya no pude verlo. Pude sí ver que la señora del vestido me miraba, sonreía y se perdía detrás de un colectivo marrón.


Laura