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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Adiós Nonina

¿Muere el misterio cuando nace el amor?
¿Ama la muerte el misterio de nacer?
¿Nace el amor en el misterio de la muerte?
Amo el misterio de una muerte enamorada


Mi familia es una gran familia. Diseñada sobre el típico modelo italiano (numerosa, bulliciosa y muy efusiva),  no tiene nada que se le parezca al modelo de La familia Ingalls. Si hasta parece que Fellini se hubiera inspirado en ella en alguna de sus obras.


Por estos días, estamos todos muy alborotados por el último capricho de la nona: resulta que la abuela Elisa, fallecida hace ya algunos meses, no está donde la dejaron la última vez.

 

Tíos, sobrinos, nietos, todos estuvimos en la que ahora sabemos fue la penúltima reunión familiar: el cumpleaños número 90 de la abuela Elisa, la mamá de mamá, a la que cariñosamente llamábamos Nonina.


Fue una fiesta sorpresa, organizada por mamá y sus hermanos. Aunque a decir de mi madre, tuvo que hacer casi todo sola. “Parece que los tíos están demasiado bajo las polleras de sus mujercitas”, se quejó en más de una oportunidad.


Para papá, no ha sido ‘santa de su devoción’. No más ver las caras que ponía él cuando venía la abuela a casa o cuando mamá le comentaba: “Se peleó otra vez con la vecina. Pobre mamita, sola, y encima con desaprensivos vecinos”, a lo que mi papá, con el gesto desencajado siempre remataba: “Ana, tu mamá de pobre no tiene un pelo. Si no sabe vivir sola, habrá que internarla”.


Las tías, para las cuales Nonina oficiaba de suegra, no podían ni verla tampoco, y tampoco disimulaban. Todos de alguna manera esperaban lo mismo: que la vida acelerara el seguro final del que nadie escapa.


Qué angustia me generaba saberlo. Nonina fue para mí un refugio seguro, mi abuela del alma, una santa madre.


De todas maneras, aquel cumpleaños fue una gran fiesta.


Estábamos todos: Montescos y Capuletos.


De la familia de mi madre, hasta sus tías, las que hubo que convencer primero para que vinieran e ir a buscarlas temprano, ya que, solteras las dos, no tenían hijos.


De la familia de mi padre, los tíos mayores, hermanos de su papá, y una prima de él, de la que supimos esa misma noche que tuvo algo con el abuelo, el papá de mamá, el marido de Nonina, ya fallecido. ¡Qué familia!


Nonina estuvo muy animada. Colmada de regalos y mimos de sus nietos, ni percibió el recelo manifiesto de sus hoscas hermanas, ni las envidiosas miradas de la prima del abuelo. Ya habría querido estar ella en su lugar.


La fiesta terminó tarde, de madrugada, como era de esperar. La abuela, feliz, pero muy cansada. Mamá, las tías y yo nos quedamos para levantar las cosas, y a ella la llevaron mi papá y el tío Roberto.


La dejaron en la cama muy a su pesar, porque siempre pretendía hacer todo sola y sin espectadores. Pero esa noche, el cansancio fue tal que cedió rápidamente ante la insistencia de su hijo y de papá.


Ya no volvería a levantarse. Ya no volveré yo a escuchar su voz.


Al día siguiente, casi de mediodía, alguien nos llamó a casa, preocupándonos porque Nonina no atendía el teléfono. No recuerdo bien si fue alguna de las tías o de mis primas.


Mamá salió disparada para su casa. La encontró en la cama, como dormida, relajada y muy serena, tal como la dejaron la noche anterior.


Sonó el teléfono. De un salto atendió papá. Ni un gesto, ni una palabra. Escuchó lo que hubo de haber dicho mi madre y un silencio de muerte recorrió toda la casa.


Esa misma noche, ahora sí, asistimos todos a la última reunión familiar multitudinaria. A la que se agregaron las amigas, las vecinas y cuanta chusma del barrio pasara por el lugar.


Los cuchicheos se pusieron a la orden del día, o mejor dicho de la noche.


—Parece que Nonina había hecho un testamento —escuché al pasar que  comentaba mi tía Luisa a mamá.


—Dicen que su última voluntad fue que no la entierren sola, creo que quería que la sepulten con su gatita, que murió el mes pasado y está en el jardín del fondo —dijo mi primo espantado por lo que recién le había escuchado decir a su papá.


—Creo que la van a llevar al campo donde nació y van a tirar las cenizas alrededor de no sé qué árbol —les comenté a ellos, recordando una conversación que habíamos tenido en casa no hacía mucho tiempo, y que creí era la voluntad de la abuela.


—¿Se enteraron la última? —dijo Mariana, mi prima, que llegaba corriendo sin poder contener el secreto—. Hoy llamó a casa la tía Rosita y nos contó que Nonina de joven tuvo un novio y que le había pedido, hace unos años ya, que cuando falleciera la enterraran junto a él en Villa General Belgrano. Parece que el tipo era un nazi perseguido por la justicia alemana. Se conocieron durante las vacaciones, justo unos meses antes de su casamiento con el abuelo.
.
—Noooo, ¡no puede ser! —se escuchó casi al unísono.


Desconcertados, asombrados, tristes y cansados, todos estábamos muy alterados.


Lo cierto es que aquella noche fue realmente inolvidable. Por el dolor de Nonina fallecida, tan de pronto, con el sabor de la fiesta aún en la boca, y por tantos secretos asomando, en una familia de la que pensábamos que ya habíamos visto todo.


Luego de una larga velada, el día había amanecido gris, lluvioso y tan triste como lo que estábamos viviendo. El traslado de Nonina en el coche fúnebre, y la larga caravana de autos que pasó lentamente por el barrio y se detuvo unos minutos en la puerta de su casa, con el alma de la abuela a los gritos, como queriendo allí enraizarse.


Casi escuchando aquel lamento, no pude contener mis lágrimas. Pobre Nonina. Pobre nosotros con tanta angustia. Pobre mamá, qué desconsolada se la veía.


Como atontados todos, continuamos el trayecto. El cementerio, la misa, la capilla central, y la aún hoy no superada decisión de qué hacer con el cuerpo. Luego de mucho discutir entre los hijos y sus hermanas, la abuela sería enterrada allí mismo, como toda la familia.


Con el pasar de los días volvió a asomar el sol, y nuestras almas se fueron consolando. Todos nos fuimos habituando a la vida sin la abuela, a disponer del tiempo que nos liberó su ausencia. Comenzamos a transitar el camino de la añoranza.


¿Habrá sido cierto que a ella le hubiera gustado algo diferente?


En casa de ‘eso’ no se hablaba. Y ya casi entre los primos, tampoco.


Siempre me gustaron las historias de amor, pero sospechar que la abuela hubiera vivido algo reservado solo a las novelas, agitaba mi ansiedad.


Tuve oportunidad de deambular por su cuarto, y hurgué con mucha vergüenza entre sus tesoros tan celosamente guardados. Fotos viejas, cartas amarillas, recortes de diarios, nuestros dibujitos de cuando fuimos niños, pero nada que permitiera sospechar de algún amor no confesado o prohibido. Me traje conmigo una pequeña foto muy antigua, de ella jovencita y bellísima, sentada en un banco de un jardín lleno de flores. Eternizada, feliz y risueña, tal vez enamorada.


Hubo días en que la extrañé tanto que tomé la decisión de ir hasta su tumba. Nunca antes había visitado a un muerto. Me paralizaba la idea de caminar entre las sepulturas. Le pedí a mi prima Mariana que me acompañe. Nos dimos ánimo la una a la otra y allí fuimos.


Cuando llegamos, tuvimos que hacernos acompañar por personal del cementerio, porque no teníamos ni la menor idea de cómo encontrarla.
Fuimos para un lado, nada; para el otro, tampoco.


—Yo la puse acá, estoy seguro. Déjenme revisar nuevamente los papeles. Debe haber un error —nos comentó ese buen hombre, al tiempo que se encaminó nuevamente a la oficina central. Mariana y yo nos mirábamos azoradas. Al cabo de unos largos minutos, volvió el empleado y nos confirmó que allí debía estar.


Revisamos todas las tumbas nuevamente y no apareció la de Nonina. Ningún rastro. En su lugar, había otra persona, como recién llegada.


Con más desconcierto que pena, nos volvimos y tuvimos que contar en casa nuestra travesía, la de ninguna otra manera lo hubiéramos hecho. Nos hubiera encantado guardar ese secreto entre la abuela y nosotras.


Mis padres pusieron el grito en el cielo.


—¡Pero cómo se les ocurre hacer semejante cosa sin siquiera consultarnos! —repetía una y otra vez mi mamá.


—Ana, que no es para tanto. Ya no son niñas —acotaba certeramente mi padre quien nos contó lo que había pasado.


Parece que nuestro hallazgo no había sido tal. Resulta que hacía unas semanas, mamá había ido al cementerio a colocar una placa que había encargado para la tumba y se encontró con lo mismo que nosotras.


Tremenda escaramuza se armó en la familia a escondidas de nosotras. Los tíos dijeron no saber nada, las tías tampoco. Nadie pudo explicar dónde está la abuela.


Esa noche no quise dormir sola. Me moría de miedo asaltada por las imágenes del cementerio y el desconsuelo de no haber encontrado a Nonina. Por suerte, Mariana me hizo compañía.


Hablamos de muchas cosas. Hicimos muchos chistes para exorcizar lo vivido. Nos reímos nerviosamente todo el tiempo.


Promediando la noche le mostré la foto que me había traído de entre los tesoros de la abuela. La miramos largamente. Detrás, muy borroneada, se veía una fecha y algo que podía ser una dedicatoria. Estuvimos mucho tiempo intentando descifrarla. Creímos leer el nombre del abuelo, Emilio, pero no, parecía no estar completo, faltaban letras. Pusimos más luz, conseguimos una buena lupa y pudimos leer Enero ’56 claramente y algo mas difuso ‘para Emil’.


Fuimos rápidamente a internet, para ver si Emil era un nombre, y pudimos comprobar que se trataba de un nombre alemán. Nos estremecimos y nos inundamos de emoción. Queríamos que fuera cierta la historia de amor que nos habían contado. Guardamos, esta vez sí, este increíble hallazgo como nuestro más preciado secreto.


Ya nadie podría estorbar el largo viaje que la abuela había decidido hacer.
Este verano, iremos con Mariana a Villa General Belgrano a respirar a bocanadas los aires románticos de la región.


Laura